La Bitácora de la Lucer

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El único momento

17/07/2011

Llegó un domingo por la mañana a la ciudad. Había viajado tres días para llegar a La Terminal del Norte. Ella era blanca,  de 1.65 cms, medio regordeta, cabellos castaños claros, de unos 55 años más o menos. Amable. Tranquila. No hizo mucho ruido cuando llegó. Nos saludamos y en tres días no habíamos cruzado muchas palabras, porque yo salía temprano a la universidad y cuando regresaba ella estaba enchufada  al Canal de las Estrellas viendo cuanta telenovela melosa pudiera haber. Se llamaba Esmeralda y era de Sinaloa. Era la madre de Xochitl, mi roommate.

Xochitl era hermosa, lo que se dice hermosa, hermosa. Pinche güera arrasaba cuando iba contoneando sus caderas por las calles. Hasta en el Paseo de la Reforma se la podía distinguir por bonita.

Como si fuera poco ella cantaba como los dioses y cuando tenía mal de amores cantaba mejor. Lila Downs podría hacer un salto invertido desde el puente de Azcapotzalco de solo oírla cantar a cappella, sin haber estudiado ni nada. La mejor versión que he escuchado de “Paloma Negra”  fue de esta alma doliente que era Xochitl. Hasta en el estado de mayor enamoramiento terminaba una echándose un tequila y los lagrimones se escapaban sin remedio.

Una no podía imaginarse los motivos de sus tribulaciones,  ya que a veces era alegre como unas castañuelas, y otras de una tristeza infinita y -casi siempre- sin razones aparentes.

Vivíamos en un tercer piso y dos avenidas de por medio había una oficina de arquitectos que pronto tuvieron que munirse de binoculares para no perder detalles de aquel espectáculo que era Xochitl yendo y viniendo a lo largo y a  lo ancho de aquel inmenso departamento. Inmenso porque no teníamos muebles ya que la beca no daba más que para comprarse unos pocos libros, comer atún los siete días de la semana, pagarse el depa, el metro, el bus y…pues ni modo, igual la pasábamos requetebién. ¡Pinche vida de estudiantes! Era lo más!

Xochitl gozaba provocando a los pobres seres humanos que detrás de las cortinas se los podía divisar con binoculares sólo para verla –a veces- bailar para ellos totalmente desnuda. Ja! Cómo me divertía.

Una mañana entró a mi cuarto y me dijo: Ah!!!! No la soporto más. Maldita vieja, hija de su chingada madre, deseo con enjundia que se  muera. ¿Pero qué pasó? -pregunté.  ¿Y no escuchas que se la pasa suspirando?.  ¡¡¡Pinche vieja mamona!!!  Siempre fue así, tan fodonga, tan mustia, taaaaaaaaaaannn pero tan insoportable!

No entendía bien lo que pasaba pero conociendo a Xochitl hasta me resultaba natural. Ella era muy intensa para todo. Y cuando de mentadas de madre se trataba, nadie era mejor.

Esa mañana cuando salí rumbo a la universidad -más tarde que de costumbre-  encontré a Esmeralda en la cocina, con su mandil puesto -tan tradicional en las amas de casa mexicanas-  cortando las verduras, preparando frijolitos y rehogando unos chilitos… y ella suspiraba cada tanto. Y de nuevo suspiraba. Y suspiraba. Me llamó la atención, pero –por supuesto- no era mi madre y mucho no me significaba.

En esos breves días nunca hablé con ella más que “Buenos días, señora?”- “¿ya fue a la villa? ¡Ay! cómo que no?  Dicen que está todo muy bonito por allá y además no hay tanta gente”. Por supuesto, Esmeralda era devota de la Virgen de Guadalupe. Y quien no, si era la patrona de América. Hasta los marxistas,  en México,  son guadalupanos.  O sea, jelou. Nada extraño, digamos hasta aquí.

Fue un jueves, como a eso de las 10 de la noche que escucho las voces alteradas, gritos y unas mentadas de madre de gran porte, que lo único que se me ocurrió hacer fue pegarme a mi silla e intentar seguir leyendo unos de esos textos difíciles de entender  aún leyéndolo en castellano. Pero de chusma, enseguida me asomo a la ventana y veo a Xochitl en la calle, bajando las maletas al suelo, casi tirándolas y para un taxi. En esa ciudad había taxis a todas horas y en todas partes.

Ni siquiera la ayudó con las maletas y dos morrales que quien sabe qué contenían…y se marchó el taxi y dentro de él Esmeralda rumbo -supongo yo-  a La Terminal del Norte, que era un desafío por inmensa para cualquier hija de vecina provinciana como Esmeralda. Y se fue. Y me la imaginé deambulando en ese lugar interminable, intentando ubicar hacia qué rumbos estaría el bus que la llevaría de vuelta Sinaloa. Solita,  ella y su alma.

Enseguida, Xochitl subió las escaleras hecha la raya y entró al departamento y luego a mi cuarto. Yo estaba ya en ese momento lívida, tiesa, no supe ni qué preguntar, pero sabía que algo pasaba. Me tomó de las manos y casi me obligó a sentarme delante de ella en la cama. Cruzó las piernas para acomodarse, mientras me decía: Pinche vieja, la odio con toda mi alma. Sabes que ella siempre se la pasaba suspirando y ahora entiendo por qué mi padre la abandonó. Porque nunca fue capaz de hacer nada por su vida. Ni por la nuestra -dijo después de unos segundos de silencio que me resultó una eternidad. Sabes, pinche paraguaya, que ella sabiendo que ese viejo de mierda -que le ayudaba con el comedor, porque ella cocinaba para unos obreros de la zona- me violaba nunca hizo nada?

Nunca. Y aquel viejo asqueroso me violó desde que yo tenía 6 años todos los días que pudo hasta que tuve 13 años? –decía mientras sus lágrimas parecían como un océano en tormenta. ¿Sabes pinche escluincla lo que es eso? No. No lo sabes. El me besaba con esa boca asquerosa y desdentada y me babeaba en el cuello mientras me violaba una y otra vez. Pero sabes lo que es peor? Que me gustaba. Sí, tal como lo oyes. Me gustaba porque ése era el único momento en que alguien me abrazaba y me decía que me quería.

Domingo, 13 de febrero de 2011 a las 20:52
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