La Bitácora de la Lucer

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De la dictadura y otros tiempos

20/11/2014 1 comentario

invi final

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De cuando la verdad tiene estructura de ficción

25/07/2013 5 Comentarios

tristezaElla fue al súper  e hizo todas las compras. Le había pedido que él pagara con su tarjeta porque ella estaba en una situación económica catastrófica. Monto que a fin de mes debía devolver con intereses. Casi no hablaban. A veces trabajan juntos, brevemente, pero no había mayor comunicación. Parecían más unidos por el espanto que por el cariño. Ella sentía cierta humillación por la situación, pero sus problemas eran tantos que no soportaba agregar uno más a su patrimonio de penas.  El año había venido mal y así seguía.

Ella de un andar rápido, de cabello negro, corto, y un humor raro. Con algunas personas era un dulce y con otras …a según, era una perra. Él…bueno ella nunca supo definirlo, su corazón se pintaba en su rostro. Inquieto, denso, oscuro, podrían decirse muchas cosas, pero una palabra lo definía al parecer: retorcido.

¿Qué les unía? Nunca supimos. Ni su hermana -mi amiga- y mucho menos yo. Mi amiga cuando hablaba de él se iba transformando y se podía notar en su rostro la decepción y la frustración. ¿Pero qué tiene? -le preguntaba- como para entender ese sentimiento. Y mi amiga no lo podía poner en palabras, solo se ponía roja y decía “Hay algo aquí –mientras señalaba su corazón- que me dice que no es buena persona”.

Esa siesta ella salió del súper se despidieron y ambos se dirigieron a sus respectivos vehículos, ella subió todas las compras, hacía 45 grados de calor y el sol lastimaba la vista. Vio a una señora japonesa pasar con medias largas y blusa de mangas largas y no podía dejar de mirarla, azorada, preguntándose cómo podía soportar el calor. Subió al fin a su auto, habían pasado dos minutos, y arrancó. Bueno, intentó que el auto arrancara. Y por más que trató no pudo lograrlo. Finalmente, lo llamó, considerando que estaría aún cerca.

_Hola, ¿podés creer que el auto no me arranca?
_Ah…¿y tu mecánico trabaja hoy?  dijo él.
– No, que va a trabajar un sábado, respondió ella.
_Llamale a la grúa, le sugirió entonces él. No había tenido la menor intención de ayudar. Y como una larga lista de pendientes se le presentaron situaciones en las que lo había llamado para solicitar ayuda y las respuestas fueron parecidas.
_Sí, eso haré –dijo ella. Hacía rato había incurrido en la irresponsabilidad tan típica -en esa ciudad-  de andar sin seguro, debido a la enfermedad que le aquejaba. Había dejado todo. Estaba literalmente en bancarrota. Había vendido la poquita joya de valor que alguna vez había tenido, hizo ferias de garaje hasta que prácticamente se quedó sin ropa, cambiando casi por monedas cuanto tenía para poder comer.

Salió del auto y sintió que el calor le embargaba todo el cuerpo, no sabía si era real o era la sensación de desamparo. Se quedó parada largo tiempo en la calle, como sin saber  qué hacer. Parecía ni reconocer en dónde estaba. Trató de sacar el celular y no podía hallarlo, finalmente cuando lo hizo, no los vio venir, casi que ni se dio cuenta cuando le arrancaron el teléfono de la mano y uno de ellos la apuntó con un pequeño revolver y le dijo “dame la cartera” o si no te mato.

Entregó todo cuanto tenía y se quedó como sonámbula. No sabía cuánto había caminado,  quería saber a dónde dirigirse pero no atinaba a saber con certeza si se dirigía hacía su casa. Luego, se desplomó.

Cuando se despertó estaba tranquila, acostada en un catre de esos hechos con tiras de cuero, bajo el ybapovó, vientesito fresco, en una especie de relax total. Era el campo de Roxi, su amiga de la infancia. ¿Qué  hacía ahí? No sabía. Buscó a su amiga y no estaba por cerca. Pensó que quizá andaba viendo las cimbras, oteando el campo, mirando sus vacas. Lo cierto es que no sabía muy bien que hacía ahí, pero tampoco le importaba mucho. De pronto se acordó de él. Le dolía el corazón cuando pensaba en él. Cuánto daño –por lo visto- le había hecho.

El puto patriarcado es muy cabrón  y como tal coloca esos atributos, que si uno o una no las cumple, el otro te puede cobrar caro. Aprisionados ambos, aunque dijeran que no, cumplían a cabalidad ciertos mandatos sociales.

Se acordó un día cuando ella le dijo “para vos el amor es ir de la concha a las tetas” y nada más. El otro se quedó viéndola como diciendo ¿por qué mierda me decís así, eso, por qué, qué hice? Y en parte era verdad, él se había preocupado en obtener información pero tenía una imposibilidad orgánica para ser compañero. “Solo servís para amante, y a veces ni para eso”, le había dicho ella.

Hija de putaaaaa!!!! qué cruel había sido con él. Le cobró todas sus dolencias, todas las afrentas, todos los abandonos y, sobre todo, todos sus miedos. Tanto le cobró que si bien él había calificado para tales reacciones era como que ella le había puesto mucho afán en el ajuste de cuentas.

Demás está decir que jugaban en ligas diferentes. Ella era mayor que él. Y si él había cumplido con todos los significantes del hijo de puta, abandónico, mujeriego, machista con intenciones supuestas de no serlo, ella se había encargado de hacer justicia por mano propia. Y cómo la hizo.

Ella, por su parte, navegaba en la frivolidad absurda de tratar  de conjuntar todo aún sabiendo que eso era imposible. Un poco inasible para no decir incogible. Gustaba de andar sola y por meses cambiaba de estados de ánimo. A veces era súper fiel, otras disfrutaba de su soledad, como el helado de chocolate y frutilla, que era su perdición, y a veces hacía gala de su fase de coleccionista. No dejaba títere con cabeza, se sabía linda, interesante pero más sabía que desde que empezaba a hablar en cierto tono de voz, al cual le ponía todo su empeño, casi que no se le resistían.  Era muy puta cuando quería, le gustaba y encima disimulaba bien.

Su deporte favorito había parecido ser hacerlo pelota cada vez que podía. Esa relación era una batalla campal. Él viajaba mucho y es verdad, que en la distancia se amaban muchísimo. Cuando sucedía hablaban skype  y eso era casi poético y a su regreso la cama mejoraba +1000. El problema era cuando estaban mucho tiempo juntos. Hubieran estado juntos mucho más si él hubiera seguido viajando. Todo empeoró cuando dejó de hacerlo y la sensación de un mal de barco permanente se hizo insoportable para ella.

Durante años y por etapas lo castigó con la más cruel indiferencia sexual, con miles de excusas que iban desde el dolor de cabeza, la tristeza o que los astros no estaban alineados. Ella prefería masturbarse que acostarse con él y sabía que él deseaba ser el deseo de ella. Y en cierta forma lo fue. Ella lo había amado mucho,  pero le devolvió en triplicado los cuernos, los secretos, las enfermedades de transmisión sexual y, sobre todo, el lugar que él le había dado como sujeto en su vida. Para él no era una pareja. Era una concha. Nada más.

Hija de mil, qué mal estaba yo -pensó. Y se acordó de cuando su fiel e incondicional amigo Santi, con los pies metidos en el río Jejuí, mientras veían pasar la vida, le dijo “la gran puta, qué carajo lo que hacés con tu vida” y le cuestionó largamente sus incoherencias, pero sobre todo la calidad de su relación, porque hablando en serio era inexplicable. Las diferencias eran tantas…Nadie entendía esa relación y como diría mi amiga -su hermana- era demasiado estofado para tan poco arroz.

Mi amiga estaba verdaderamente preocupada por su hermana, desmayada y tirada en la calle, ya supo de ella mucho más tarde de lo ocurrido en aquella calle, en el piso 6 del IPS. De ahí todo se había complicado muy rápidamente. “Se va a despertar” – le decía yo- sin muchas esperanzas; pero había que ponerse la pilas y plantar esperanzas.

¿Por qué le odiás tanto a él? le volví a preguntar. Y volvió a repetirme “porque es mal tipo”, pero barajame por qué, -volví a preguntar. Y me respondió el silencio.
Recordé entonces cuando mi amiga me contó que él se ufanaba de no ser buen tipo, que –según él- lo peor que le podía pasar era que dijeran de él que era buen tipo. Que mejor ser un hijo de puta, cosa que parecía cumplir a cabalidad y al mejor estilo paraguayo.
#Opoi cuarta gui la tipo”, le dije. Sí, dijo mi amiga, él es capaz de todo, pero sobre todo es capaz de maquinar cosas para hacer daño. Y eso hizo. Pensó hallar la forma de vengarse y se metió con la hija del ex amante de mi hermana. Lo hizo todo calculadito y mi hermana no sabía, sin embargo él mismo se encargó de contarle.

Recuerdo que ella sonrió triste como quien hubiera previsto la situación y me dijo “cómo le significo todavía. Conociéndolo tengo mis dudas de que haya sido casualidad. Pero él es mi mejor justiciero, si me lo hubiera propuesto no me hubiera salido tan bien la venganza”.

Mi amiga me contó de la vez, hace muchos años,  que la chica le había llamado a la hermana a decir “puta, ramera, bandida, vas a ver hija de mil putas” a causa de otras batallas. Y hoy ella se las vería con la vida, en esa creencia de que todo vuelve. Ni en su más siniestra maldad le hubiera quedado así la guinda en el pastel. Eran tal para cual. La vida, por la mano de él cobraría venganza en su nombre.

Mal de su cabeza…pero los dos -dijo mi amiga- como aterida con tanto sinsentido.

Además de todo, él le había hecho sacar un préstamo, por el que ella había perdido unas propiedades para poder pagar los gastos,  siguió contando.

¿Me decís por qué dos personas se hacen daño de esa manera? Me dijo en esa onda de la pregunta que no espera respuesta y yo por las dudas no dije nada. En eso salió el médico y con mala cara mal disimulada explicó el ACV y lo que ello implicaba y el estado de ella. Habrá que esperar, dijo.

***

Acabamos de llegar del cementerio, yo la acompañé a mi amiga -por supuesto- y estoy como anonadada de la capacidad del odio del ser humano. La imposibilidad de ponerle palabras a las cosas y de cultivar encono. Él se había movido todo el tiempo en base al rencor de nunca poder ser él, de no tener razón nunca, de salir siempre perdidoso de los debates con ella. Ella lo había superado en esas artes de dar vueltas las cosas y en alguna medida, eran la falta el uno del otro, o como decía mi amiga, “era su parte mala”, y estaban muy profundamente implicados.

Me senté en el sofá de mi amiga a descansar, tomé el celular, revisé el tuiter y allí leí lo que me hizo darle la razón a mi amiga: era una persona orgánicamente incapaz de sentir amor por nadie. “Ñandereja esa patética loca. Ahora ya es fiambre. Para que sepas que la mejor mina es la que no te necesita nunca excepto para orgasmos y risas”. Y pensé cuánta verdad había en las palabras de Lacan cuando decía que “la verdad tiene estructura de ficción”.

Cosas veredes, Sánchez

04/10/2012 1 comentario

Sentada en la puerta de su casa vio venir la procesión de tres. Primero no entendió y luego cuando le cuadró la ecuación, sonrió con malicia y pensó: Es verdad aquello de que verás el cadáver de tu enemigo pasar. Se dice que la venganza es un plato que se come frío y que es el manjar de los dioses, sin embargo cuando sucede, a veces resulta que el deseo ya no se halla en el mismo lugar y es, entonces, que lo que pudo ser gozado como un acto justiciero, no lo es.
Ya lo dijo el bueno de Borges “el olvido es la única venganza y el único perdón”.

Pronto

17/07/2011

Yo te quiero -le dijo ella- y al hilo le preguntó: y vos?

Y él dijo: Absolutamente.

Y ella preguntó: ¿Y por qué no hablamos?

Hablaremos pronto, dijo él.

Sucedió aquel accidente y ella hoy es un vegetal.

De eso pasaron 10 años.

Aquel “pronto” nunca llegó.

Viernes, 27 de mayo de 2011 a las 11:23.

Él

17/07/2011

Sonaba el celular y se oía diferente. Tenía un tono distinto -a propósito- para que su corazón no le saltara del pecho cada vez que sonara.

Escuchaba Hey Jude, don’t let me down. You have found her, now go and get her. Remember to let her into your heart, then you can start to make it better” y sabía que era él.

“Él” aparecía en la pantalla del cel cada vez que la llamaba y nunca faltó alguien que le preguntara “quién es Él”?

Él le podía todo. Salía corriendo sólo para darle un beso o para verlo pasar de lejos.

Él había hecho que la medida de su tiempo cambiara, como lo escribió el bueno de Borges. Estar con él o no había pasado a ser la medida de su tiempo. Podían esperar la facultad, el gym,  el trabajo,  las lecturas o el chisme con sus amigas, como esperaban a veces el almuerzo, la merienda o la cena.

Podía esperar la vida también, si estaba con él,  a ella lo demás le valía madres.

Viernes, 29 de abril de 2011 a las 23:32

La Reina de Corazones

17/07/2011

Ella iba caminando, temprano, apurada, porque siempre jugaba sobre la línea del horario de entrada.

Hecha la raya con mil cosas a cuestas. La compu, la cartera, la vianda, los libros. Eran como sus objetos antifóbicos. Sentía que no era ella, sin ellos.

“Doctorita, parece que tenés que comprarte un carrito” -le dijo un día el hombre del estacionamiento y ella siempre se preguntaba de dónde sacaba tan buena onda el man, trabajando de 07:00 a 20 hs para ganar un salario mínimo -con suerte-, sin IPS, y sin tener donde caerse muerto literalmente.

Siempre sonriente y con una buena onda a prueba de balas le dijo: “Hoy si que viniste churra, doctorita, a quien pa le vas a ver? y se echó a reir.

Como si fuera una premonición.

Ella dio vuelta a la esquina y fue caminando casi corriendo para no llegar más tarde que de costumbre. Llegó a las puertas del edifico y escuchó: Negra! Volteó para encontrar la voz, y allí estaba él.

Ella apenas podía pararse, le temblaban las piernas y no sabía si era por él o por las 20 estocadas en 3 repeticiones que acababa de hacer.

El sonrió para ella, con toda la seducción que podía, ofreciéndole todas las bellezas de la vida. Pinche güey…estaba como quería. Y él lo sabía.

Era de esas sonrisas que te ofrecen el más maravilloso día, sin importar huelgas, dengue, decepciones, traiciones políticas, esa distancia cabrona de todo cuanto te prometieron políticamente y por los cuales te jugaste la vida. Ese ver que cambian honestos por malandrines de vieja data. Esa decepción de ver que en quienes confiaste te traicionan y se alían con asesinos de jóvenes. De jóvenes que te dieron patria en el 99. Aliados a los responsables del llanto de madres, llorando en soledad el dolor más grande -quizá- que pueda haber en la vida: la muerte de un hijo. Pues todo eso –en ese momento- quedaba en el olvido.

Las personas son los lugares, decía el poeta y en ese momento parecía que sólo él, su sonrisa y ella existían. Y ese era el lugar más maravilloso, ese día.

Se bajó de la camioneta,  le ofreció una rosa, sonrió y le dijo “Sos la reina de corazones” contigo la alegría es un viaje permanente. Juguemos a jugar el mejor juego, con el sólo beneficio de comernos a besos, y que ese instante de tu risa y mi risa sea la mejor mano para ambos.

Muda se quedó ella.

¿Tenés miedo de jugar porque creés que no jugarías tan bien?

¿Qué te obliga al mejor juego?

Full mata escalera, pero a una reina no le inquieta eso.

¿Qué te hace pensar que tu “adversario” es demasiado bueno?

Una reina no piensa en eso.

A veces perdemos, es verdad. Perdemos un poco y otras perdemos mucho. Pero no estoy seguro de que abrirse de este juego sea tu verdadero deseo. Todo jugador tiene derecho a una  escalera real: La mejor jugada de póker, según me dijeron.

Juguemos a jugar ¿Querés? Juguemos a comernos a besos de a ratos, de a horas, de a días y veamos qué cartas nos tocan.

Una reina de Corazones no debería temer a eso. ¿O sí?

Le dio un beso y se fue.

Domingo, 10 de abril de 2011 a las 22:50

Los amores cobardes no llegan a amores…

17/07/2011

(título prestado de Silvio Rodríguez)

Ella estaba en el estudio de radio parada, mirando todo sin ver nada, cuando él apareció. Le dio dos besos y le pasó la mano en la espalda a la altura de la cintura, de manera medio inocente y  medio si te agarro te doy vueltas como medias.

Olía tan cabronamente bien…se veía tan así…hombre, de esos en cuyo pecho una quisiera instalarse 40 horas a la semana. Oh! My God!

No hubo más remedio y ella tuvo que marcharse a seguir trabajando. Pinche sistema capitalista hasta ese mágico momento de quedarse copada con un man nio te corta.

Ni modo, pensó y se fue, pero atrevida como ella sola, le puso un mensaje, que la telefonía se encargó de entregar recién al siguiente día. (Gracias Tigo! consignó en su nota mental. Muy lucer ya era su historia. Ni sus mensajes hot llegaban a tiempo).

Pero Oh! Oh! Su corazón dio un vuelco cuando él le escribió “olvidé de decirte que estabas muy linda” y a ella le dio un “aguará” ridículamente inexplicable, sin embargo aprovechó para jugar ese juego del “jegustá teléfono”, que le gustaba por demás.

Al día siguiente lo volvió a ver –más pronto de lo que pensaba, es verdad-  se sentó muy cerca de él, mientras él explicaba unas cosas complicadas relativas al desempleo y la baja calidad de la comunicación pública, en tanto ella intentaba poner cara de atenta escucha y –sobre todo- de comprender todo cuánto él decía.

En realidad, sólo quería comerlo a besos y accedió a su banco de datos de MALOS pensamientos. Todo lo que se imaginó…Oh! Dioses! (for ever inconfesable)

Aww!!!Pero hubo que irse.

Huir a tiempo no es cobardía -decía su abuelo.

Todas las tropelías amorosas que podría acometer… y de solo pensarlo le daba todo pirí…y no se animó.

Una buena jugadora también se mide por las cartas que decide no jugar. Esa mano de póker podía ser una emoción tremendamente fuerte y su corazoncito no daba para un jugador de grandes ligas como él.

Sábado, 09 de abril de 2011 a las 9:51

El único momento

17/07/2011

Llegó un domingo por la mañana a la ciudad. Había viajado tres días para llegar a La Terminal del Norte. Ella era blanca,  de 1.65 cms, medio regordeta, cabellos castaños claros, de unos 55 años más o menos. Amable. Tranquila. No hizo mucho ruido cuando llegó. Nos saludamos y en tres días no habíamos cruzado muchas palabras, porque yo salía temprano a la universidad y cuando regresaba ella estaba enchufada  al Canal de las Estrellas viendo cuanta telenovela melosa pudiera haber. Se llamaba Esmeralda y era de Sinaloa. Era la madre de Xochitl, mi roommate.

Xochitl era hermosa, lo que se dice hermosa, hermosa. Pinche güera arrasaba cuando iba contoneando sus caderas por las calles. Hasta en el Paseo de la Reforma se la podía distinguir por bonita.

Como si fuera poco ella cantaba como los dioses y cuando tenía mal de amores cantaba mejor. Lila Downs podría hacer un salto invertido desde el puente de Azcapotzalco de solo oírla cantar a cappella, sin haber estudiado ni nada. La mejor versión que he escuchado de “Paloma Negra”  fue de esta alma doliente que era Xochitl. Hasta en el estado de mayor enamoramiento terminaba una echándose un tequila y los lagrimones se escapaban sin remedio.

Una no podía imaginarse los motivos de sus tribulaciones,  ya que a veces era alegre como unas castañuelas, y otras de una tristeza infinita y -casi siempre- sin razones aparentes.

Vivíamos en un tercer piso y dos avenidas de por medio había una oficina de arquitectos que pronto tuvieron que munirse de binoculares para no perder detalles de aquel espectáculo que era Xochitl yendo y viniendo a lo largo y a  lo ancho de aquel inmenso departamento. Inmenso porque no teníamos muebles ya que la beca no daba más que para comprarse unos pocos libros, comer atún los siete días de la semana, pagarse el depa, el metro, el bus y…pues ni modo, igual la pasábamos requetebién. ¡Pinche vida de estudiantes! Era lo más!

Xochitl gozaba provocando a los pobres seres humanos que detrás de las cortinas se los podía divisar con binoculares sólo para verla –a veces- bailar para ellos totalmente desnuda. Ja! Cómo me divertía.

Una mañana entró a mi cuarto y me dijo: Ah!!!! No la soporto más. Maldita vieja, hija de su chingada madre, deseo con enjundia que se  muera. ¿Pero qué pasó? -pregunté.  ¿Y no escuchas que se la pasa suspirando?.  ¡¡¡Pinche vieja mamona!!!  Siempre fue así, tan fodonga, tan mustia, taaaaaaaaaaannn pero tan insoportable!

No entendía bien lo que pasaba pero conociendo a Xochitl hasta me resultaba natural. Ella era muy intensa para todo. Y cuando de mentadas de madre se trataba, nadie era mejor.

Esa mañana cuando salí rumbo a la universidad -más tarde que de costumbre-  encontré a Esmeralda en la cocina, con su mandil puesto -tan tradicional en las amas de casa mexicanas-  cortando las verduras, preparando frijolitos y rehogando unos chilitos… y ella suspiraba cada tanto. Y de nuevo suspiraba. Y suspiraba. Me llamó la atención, pero –por supuesto- no era mi madre y mucho no me significaba.

En esos breves días nunca hablé con ella más que “Buenos días, señora?”- “¿ya fue a la villa? ¡Ay! cómo que no?  Dicen que está todo muy bonito por allá y además no hay tanta gente”. Por supuesto, Esmeralda era devota de la Virgen de Guadalupe. Y quien no, si era la patrona de América. Hasta los marxistas,  en México,  son guadalupanos.  O sea, jelou. Nada extraño, digamos hasta aquí.

Fue un jueves, como a eso de las 10 de la noche que escucho las voces alteradas, gritos y unas mentadas de madre de gran porte, que lo único que se me ocurrió hacer fue pegarme a mi silla e intentar seguir leyendo unos de esos textos difíciles de entender  aún leyéndolo en castellano. Pero de chusma, enseguida me asomo a la ventana y veo a Xochitl en la calle, bajando las maletas al suelo, casi tirándolas y para un taxi. En esa ciudad había taxis a todas horas y en todas partes.

Ni siquiera la ayudó con las maletas y dos morrales que quien sabe qué contenían…y se marchó el taxi y dentro de él Esmeralda rumbo -supongo yo-  a La Terminal del Norte, que era un desafío por inmensa para cualquier hija de vecina provinciana como Esmeralda. Y se fue. Y me la imaginé deambulando en ese lugar interminable, intentando ubicar hacia qué rumbos estaría el bus que la llevaría de vuelta Sinaloa. Solita,  ella y su alma.

Enseguida, Xochitl subió las escaleras hecha la raya y entró al departamento y luego a mi cuarto. Yo estaba ya en ese momento lívida, tiesa, no supe ni qué preguntar, pero sabía que algo pasaba. Me tomó de las manos y casi me obligó a sentarme delante de ella en la cama. Cruzó las piernas para acomodarse, mientras me decía: Pinche vieja, la odio con toda mi alma. Sabes que ella siempre se la pasaba suspirando y ahora entiendo por qué mi padre la abandonó. Porque nunca fue capaz de hacer nada por su vida. Ni por la nuestra -dijo después de unos segundos de silencio que me resultó una eternidad. Sabes, pinche paraguaya, que ella sabiendo que ese viejo de mierda -que le ayudaba con el comedor, porque ella cocinaba para unos obreros de la zona- me violaba nunca hizo nada?

Nunca. Y aquel viejo asqueroso me violó desde que yo tenía 6 años todos los días que pudo hasta que tuve 13 años? –decía mientras sus lágrimas parecían como un océano en tormenta. ¿Sabes pinche escluincla lo que es eso? No. No lo sabes. El me besaba con esa boca asquerosa y desdentada y me babeaba en el cuello mientras me violaba una y otra vez. Pero sabes lo que es peor? Que me gustaba. Sí, tal como lo oyes. Me gustaba porque ése era el único momento en que alguien me abrazaba y me decía que me quería.

Domingo, 13 de febrero de 2011 a las 20:52

El mero parteaguas

17/07/2011

Ella se detuvo en el semáforo y en la espera sintió la mirada. Volteó buscándola y allí estaba. El sonreía como si hubiera visto una aparición. Ella no atinó a decir más que “el otro día te vi” y “porque no me hablaste? -dijo él. No me animé  -respondió ella apenas.

El semáforo dio verde y se preguntó por qué no había durado toda la vida ese momento… Tantos semáforos enloquecidos en la ciudad, como si tuvieran vida propia y empeñados en jugarle sólo trágicas sorpresas a los ciudadanos.

En eso un mensaje texto le decía: “Qué lástima. Sos como esas estrellas fugaces, hermosas pero de aparición muy breve y esporádica”.

Fue el inicio de los besos más ricos, de esos que al recordarlos  vuelven a estremecer, de jadeos y abrazos, de esos que hacen perder el sentido.

Esa fue la luz roja que marcó el parteaguas de su vida.

Domingo, 6 de febrero de 2011.

El amor en los tiempos del twitter

17/07/2011

Un día volvió el amor y dijo intentémoslo de nuevo. Yo te quiero. Yo también _dijo ella. Y él tomó su teléfono y twiteó 140 caracteres. Twiteó cuando la cama no fue buena. Twiteó  para desear al mundo un feliz año antes que a ella. Twiteó cuando ella quiso una caricia. Twiteó cuando ella deseó su compañía. Twiteó cuando necesitó su apoyo. Todo el deseo de él cabía en 140 caracteres. Todos sus abrazos eran virtuales. El solo podía ser y amar a través del teléfono. En abstracto. Como cuando la izquierda piensa en la masa. Y la masa no tiene nombre. Y quien tiene nombre, no importa. Tanto que cuando un día ella se quedó dormida, él le dijo: Hey! No te mueras en mi cama.

febrero de 2011

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